Mi relato de parto. Un parto natural y respetado en Sant Joan de Déu.

Me levanté el sábado contenta, con ganas, de buen humor. Recuerdo decirle a Ramón “Vida, creo que estoy teniendo alguna contracción, pero por favor aún no digamos nada a nadie”. Estaba en la semana 41+5, había mucha expectación por parte de la familia y la palabra “inducción” no dejaba de revolotear alrededor nuestro. El día anterior, la matrona que nos hacía el seguimiento en Sant Joan de Déu, me había preguntado si quería que me hiciese un tacto. Había decidido que si, quería saber en que punto estaba. Me dijo que estaba dilatada de un centímetro y medio y que el cuello del útero estaba bastante borrado. Me ofreció hacer la maniobra de Hamilton para activar el parto y así evitar la inducción. Decidimos dejarlo como último recurso. El día que cumpliría las 42 semanas tenía otra vez cita con ella para buscar fecha para inducción. Pensé que si ese día no estaba de parto pediría que me lo hiciese. Yo tenía claro que quería que Blai escogiese cuando nacer, era la primera decisión que iba a tomar y quería respetársela. Eso si, había intentado hacer todo lo que estaba en mi mano para evitar la inducción: comer picante, infusiones de frambuesa, baños, caminar mucho, sexo, chocolate y también acupuntura.

Ese día hicimos vida normal. Nos fuimos con los perros a pasear por Collserola, comimos en casa de mis padres y por la noche nos pusimos una peli con palomitas. A media película le dije a Ramón: “Creo que habría que empezar a contar cada cuanto son las contracciones, me parece que están siendo más frecuentes.” Rapidísimamente me bajé una aplicación en el móvil y empecé a registrarlas. Mi hermano, que esos días dormía en casa para poder acompañarnos al hospital se fue a dormir diciendo “Será esta noche, qué guay”. Y eso era lo que pensaba yo. Ha llegado el momento. Qué emoción. Qué ganas. Ya casi estás aquí. En ese momento las contracciones eran cada 8 minutos. Más o menos. Cada 7. Cada 9. Cada 6. Cada 8. No eran dolorosas, algo así como un retortijón no muy fuerte.

Acabó la película y las contracciones seguían, cada vez más cercanas y más intensas. Recuerdo lo que he aprendido en yoga. Respiro. Digo la letra O. Cada 6 minutos. Cada 5. Nos habían dicho que cuando llevásemos dos horas con contracciones cada 5 minutos fuésemos al hospital, y así lo hicimos. A las 2.30 de la mañana cogimos todas las bolsas, despertamos a mi hermano, llamada a mi madre y para el hospital. Fatal el viaje en coche. Pienso que el próximo será un parto en casa, ir en coche con contracciones es inaguantable. Llegamos al hospital. Contracción en la sala de espera. Pasamos al box de urgencias. Me preguntan si quiero que me tacten, digo que si. Jarrón de agua fría. Solo estás dilata de 3 cm. Vamos a monitorizar las contracciones a ver cómo son y decidimos que hacemos. Pienso que no puedo aguantar otro viaje en coche, necesito poder quedarme. Vuelve la matrona. “Hemos valorado que como deseas un parto natural y propiamente el trabajo de parto aún no ha empezado, es mejor que te vayas a casa y sigas allí con la dilatación. Te irá bien hacerte una bañera, que a veces las contracciones bajan e igual el parto se reanuda mañana por la mañana”. Doble jarrón de agua fría. Volvemos todos para casa. Ramón, mi hermano, mi madre y yo. Otra vez el coche. Horror. Llegamos a casa, llenamos la bañera. Son las 5 de la mañana y tengo contracciones cada 3 minutos. Salgo de la bañera. Ramón se duerme. Todo el mundo se duerme. Hasta ese momento las contracciones eran bastante llevaderas pero noto como empiezan a ser cada vez más intensas. El retortijón me baja también por la espalda hasta los riñones. Me cojo de un radiador-sujetatoallas del baño en cada contracción y dejo caer mi peso. Pienso en qué igual se romperá el radiador. Pero no me importa. Mi cuerpo necesita estar así. El tiempo pasa lento y rápido a la vez.

Sigo contando contracciones. Cada 2 minutos. Seguimos. Intensidad. Cada vez más intensidad. Pasan 2 horas. Otra contracción. Espera, ésta es diferente. Que sensación más rara. Es como si quisiera apretar. Imposible. Dolor. Intensidad. Mucha intensidad. Vienen a la cabeza todos los “no-puedo”. Despierto a Ramón. Le digo que nos vamos al hospital. Me dice que las contracciones aún no son regulares del todo. Le chillo entre contracciones. “Nos vamos y que me pinchen algo porque yo no puedo mas”. Despierto a mi madre y a mi hermano. Contracción. Son las 7.10 y tengo contracciones cada minuto. Subimos al coche. Es el último viaje en coche, puedo aguantarlo. Mi madre me dice que por lo que queda no vale la pena pedir la epidural, que aguante un poquito más, que ya está aquí. No contesto porque ya casi no puedo hablar.

Llegamos al hospital. Otra vez contracción en el vestíbulo. Me da igual gritar la letra O y que me oiga toda la sala. Llegan dos matronas y se presentan. Estarán conmigo durante el parto. Les explico como puedo que me han dicho que me fuera para casa pero no puedo más, necesito la epidural. Tacto. Subidón: “Estás dilatada de 9 cm, pasamos directamente a sala de partos, ¿quieres que llamemos al anestesista para la epidural?” No. No hace falta. Yo quiero un parto natural. Subidón. Me dicen que han visto en el plan de parto que no quiero que me pongan vía, Ramón entrega el documento firmado. Ando hasta la sala de partos. Contracción en medio del pasillo. “Perdón, me he hecho pis”. “No te has hecho pis, has roto aguas!”.

Entramos en la sala de partos. Me dicen si quiero que llenen la bañera, digo que si. Oigo el agua salir. Contracción. “No hace falta bañera. Necesito empujar”. Lo noto, lo se. Mi cuerpo me guía, me dice lo que necesita. Sustituyo al radiador por Ramón. En cada contracción me cojo fuerte de su ropa, me pongo de cuclillas y empujo. No se cuanto rato llevo así. Digo que no puedo más. Agotamiento. Intensidad. No puedo. Me ofrecen hacerme masajes, digo que si, pero cuando me tocan no me gusta. Paran. Me dicen que he de cambiar de postura. No. No insisten. Sigo. Más contracciones. Pierdo la noción del tiempo. Sigo pensando que no tengo fuerza, no puedo apretar más. Pero mi cuerpo manda, seguimos. Me insisten en que cambie de postura y me ponga de 4 patas. No. Imposible. No puedo. Oigo la voz de la matrona : “Blai está sufriendo, Te has de mover”. De acuerdo. Por Blai. Amor. Me muevo. Me pongo de 4 patas y vuelvo a empujar. No estamos tan mal. Mas contracciones. “Mira, si te tocas aquí notarás la cabeza, ya casi esta aquí!”. Subidón y miedo a la vez. Agotamiento.

Más contracciones. Sigo empujando. Quiero que salga ya. A momentos quiero que lo saquen ya. Cansancio. Oigo de nuevo la voz de la matrona “Paola te has de tumbar en la camilla”. Imposible. No puedo. No quiero. No. No me voy a mover. “Blai está sufriendo, es importante”. Por Blai. De nuevo. Me tumbo de lado.

Abro las piernas y Ramón me sujeta una. Empujo con fuerza. Vuelvo a empujar. Tengo miedo pero necesito que salga. Empujo otra vez. Aro de fuego. Oigo a Ramón: “Uala. Uala. Uala. Uala!”.

La matrona “¿Quieres tocarle la cabeza?”. No. Solo quiero que salga ya. “Venga una mas y ya esta”. Contracción. Empujo. Noto su cuerpecito salir. Hombros, torso, piernas, pies. Y me lo ponen encima. Y lloro. Y repito su nombre. “Blai, Blai, Blai”. Son las 9,45 de la mañana. Soy mamá.

Y nos quedamos así. Nos dejan tranquilos un rato. Y perdemos la noción del tiempo. Blai llora pero enseguida se calma. Está despierto. Los ojos muy abiertos. Me huele, nos olemos. Lo acaricio. Lo miro. Repito su nombre y vuelvo a llorar. Nos conocemos fuera. Nos miramos. Nos amamos. Cuando deja de latir, le preguntan a Ramón si quiere cortar él el cordón. Dice que si. Las matronas me dicen que me van a tocar para ver como está la placenta. En ese momento no me apetece nada, quiero estar tranquila con mi bebé. Me dicen que aún no se ha desprendido, que me van a tocar la barriga para ver si así ayudan un poco. Es muy molesto pero me dejo hacer. Me dicen que van a esperar un rato. Ofrecen la opción de pincharme oxitocina sintética y así facilitar el alumbramiento, pero no me apetece y decido esperar. Mientras tanto intentamos que Blai se enganche al pecho. Pasa casi una hora, pasamos ratos solos los tres. Piel con piel. Tranquilos. A gusto. Blai se duerme.

Al cabo de casi una hora, me dicen que ahora si que debería salir ya la placenta. Me dicen que va a ser un poco molesto pero que les he de ayudar. Me tocan la barriga de nuevo y me dicen que empuje. Así lo hago. Es muy, muy molesto. Tiran de la placenta y la noto salir. Siento un gran alivio, me encuentro mejor. Me dicen que como me he desgarrado un poquito me tienen que coser, es muy molesto y doloroso a ratos, pero pasa rápido.

Al acabar las matronas se despiden. Les agradezco el acompañamiento que han hecho durante el parto. Nos dicen que estaremos una horita más nosotros solos y que luego nos subirán a la habitación. Ponemos música y nos quedamos los tres solos. Mirándonos. Enamorándonos. Somos papás.

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