Yo fabrico leche ¿Cuál es tu súperpoder?

Durante el embarazo ya pensé mucho en la lactancia. Sobretodo las últimas semanas. Igual porque tenía delante el fantasma de mi madre y mi abuela, que no pudieron amamantar porque, según les dijeron los médicos “no tenían suficiente leche”. Recuerdo incluso soñar con el primer agarre, soñar que todo iba genial y despertarme feliz y esperanzada. Recuerdo hablar también del tema en las clases de yoga, y que Ágata me dijese “Podrás amamantar igual que podrás parir”.

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Y llegó el momento. Justo después de parir me pusieron a Blai encima, piel con piel. Así estuvimos un rato y la matrona dijo, “Ahora sería bueno que se enganchase al pecho”. Y así lo estuvimos intentando, pero no había manera, el pezón se le escapaba, el estaba medio dormido… La matrona fue muy respetuosa en todo momento y finalmente dijo “No te preocupes, ya se enganchará más tarde cuando subáis a la habitación”. Yo ya estaba inquieta, había leído que lo bueno era que se enganchase al pecho en la misma sala de parto.

Subimos a la habitación y el ambiente cambió totalmente. Desde el primer momento las enfermeras me preguntaron “¿Cuánto rato hace que ha nacido? ¿Dos horas ya? Ya debería a comer. A ver vamos a intentarlo”. De golpe tenía a dos enfermeras encima, intentando meterle mi pezón a Blai en la boca. Y no había manera. Y llegó la amenaza “Si en una hora no ha comido tendremos que poner pezoneras. Tienes el pezón corto y no se puede enganchar”. Pezoneras no. Pezoneras no. Era todo lo que me venía a la cabeza en ese momento. Había oído historias de mujeres que habían usado pezoneras y ya no las habían podido dejar en toda la lactancia. Con ese pensamiento en la cabeza seguí intentando que Blai se enganchase y finalmente pude. Dolía muchísimo.

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Hay que decir que las primeras veces es molesto, no ya por la succión, que si es buena no debería molestar mucho, sino por los entuertos (las contracciones que se producen en el útero para cerrarlo bien tras producir oxitocina con la succión del pezón). Pero yo sentía mucho dolor en el pezón, no solo una ligera molestia. Había leído 1000 veces que mamar no debía doler, pero en ese momento me daba igual. Con tener a Blai enganchado me conformaba. Pasé el primer día así, cuando me preguntaban si me dolía mentía, no quería ni oír hablar de las pezoneras. Pero llegó la noche, Blai se despertó muchas veces, cada vez le costaba mucho encontrar el pezón y cada vez que llamaba a la enfermera para que me ayudase me sacaba el tema de las pezoneras. Así que cedí. Me las puse. Y Blai mamaba mucho mejor. Y el dolor era menos. Alivio. Así nos mantuvimos los dos días que estuvimos en el hospital. El último día al quitar la pezonera vi que había leche y se me abrió el cielo. ¡Tenía leche! ¡Podría amamantar!

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Ya en casa yo seguía notando bastante dolor, así que al día siguiente fui al grupo de crianza. Ágata me ayudó a cambiar la postura y me dio consejos para curar las grietas que ya tenía. Me dijo que le parecía que le veía frenillo a Blai, pero que lo primero de todo era corregir la postura. Hice caso y corregí postura, mejoró ligeramente pero seguía doliendo. Si quitaba las pezoneras Blai ya se enganchaba bien, pero el dolor era insoportable. Esto hacía que me sintiese muy culpable, no solo no estaba disfrutando de la lactancia, sino que además, cuando Blai pedía teta yo solo pensaba “otra vez no por favor”. Así seguí unos cuantos días, aguantando como podía, hasta que una noche de insomnio empecé a investigar sobre el tema del frenillo, y enseguida apareció el nombre del Dr. Luis Ruiz. Al día siguiente pedí hora y me la dieron para esa misma tarde. Nos recibió a las 20.30 de un viernes. Enseguida que me vio (entre consultas) me corrigió la postura de nuevo, me dijo que era norma que me costase cogerlo, que nadie nos enseñaba a amamantar y que si no lo habíamos visto hacer era muy difícil.

Al hacernos pasar a la consulta yo enseguida le comenté lo del frenillo y el me dijo “Bueno eso ya lo veremos, lo que quiero ahora es que aprendas a colocarlo bien al pecho y luego ya lo veremos”. Se pasó casi 2 horas hablando con nosotros, probando la postura con pezonera, sin pezonera, hasta que nos quedó claro. Nos citó para el lunes siguiente. Durante el fin de semana seguimos igual, el dolor no acababa de disminuir y yo seguía siendo incapaz de quitarme las pezoneras. Así que el lunes siguiente hicimos conjuntamente con Luis la valoración de frenillo. Digo la hicimos juntos porque el quiso que fuésemos nosotros los que fuésemos contestando las preguntas del test.  Hacerlo así nos ayudó mucho a tener clara la decisión y a entender bien qué implicaba tener el frenillo corto. Así que después del test decidimos operar.

Summer2018-100.jpgLa operación fue al día siguiente. Yo me moría de pena solo de pensar que le iban a cortar pero la verdad es que fue un corte super pequeño y duró un segundo (además le pusieron un poco de anestesia). Justo después lo puse al pecho y enseguida estaba tranquilo. En ese momento ya noté que algo había cambiado, estaba sin pezonera y me dolía mucho menos. Nos fuimos a casa muy contentos y con mucha tranquilidad. Al cabo de 3-4 días fue increíble. ¡Ya no me dolía absolutamente nada! Lo que parecía que no iba a llegar nunca, finalmente llegó. Yo podía mirar a Blai mamar tranquilo y disfrutar del momento.

Parecía que ya lo teníamos todo bajo control. De hecho me había venido a visitar mi hermano y le estaba contando lo bien que estaba después de cortar el frenillo a Blai. Y de repente, me empecé a encontrar mal, me empezó a doler la cabeza, tenía mucho frío… Me puse el termómetro y tenía 39 de fiebre. Y si. Mastitis. Enseguida llamé a Luis y me dijo que era habitual después de cortar el frenillo, ya que el bebé mama mejor y aumenta muy rápido la producción de leche. Me pidió un cultivo de leche, me recetó un probiótico y con los resultados del cultivo un antibiótico (esto es muy importante ya que no todos son efectivos) y al cabo de 2 días estaba como nueva.

Y si. Por fin. Desde ese día no he vuelto a tener más problemas. Ni pezoneras, ni dolores, ni grietas, ni mastitis. Blai sube de peso super bien y los dos estamos felices. Ahora ya son 4 meses y medio de lactancia materna exclusiva y no puedo estar más feliz y agradecida. Agradecida a Ágata por empoderarnos, acompañarnos y hacernos sentir como diosas poderosas. A Ramón por ayudarme a no tirar la toalla (porque hubo noches muy largas en las que un biberón era muy tentador) y a Luis Ruiz por toda la ayuda y apoyo, ojalá hubiese más médicos como él.

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