Dormir con nuestro bebé

Como he dicho varias veces, para mí el colecho (compartir la cama con mi hijo) ha sido un gran aliado (junto con la lactancia y el porteo) durante estos nueve meses de exterogestación.

Pero para empezar, creo que para hablar de colecho resulta imprescindible hablar, al menos un poquito, de sueño. No son pocas las madres que piensan que su hijo no duerme, que duerme fatal o que se despierta demasiado. A veces, el gran problema que tenemos con el sueño de los  bebés son nuestras propias expectativas. Nos han dicho mucho aquello de: “Pues el hijo de la vecina cuando tenía tres meses ya dormía toda la noche entera”. Aunque pueda haber un hijo de una vecina que por una carambola cósmica duerma la noche de un tirón, no es lo habitual. Hemos de entender el sueño como un proceso evolutivo y madurativo, que va cambiando a medida que el niño crece. Esto lo explica perfectamente Rosa Jové en su libro “Dormir sin lágrimas”.

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Ella explica que cada etapa del desarrollo tiene unas necesidades específicas, y el sueño va acorde a esas necesidades. No nos podemos detener ahora en cada periodo y sus necesidades (podéis leeros el libro si os interesa) pero sí podemos poner el ejemplo de los bebés de 0 a 3 meses.

Primero vamos a pensar qué es lo que necesita un bebé de esta edad. Pues, básicamente y muy resumido, lo que necesita es alimentarse frecuentemente, mantener la alerta de los cuidadores, madurar, desarrollar la mente y ejercitar la succión. Todas estas necesidades las tiene durante las 24 horas, no solo de día. Así que, como es lógico, el sueño irá en relación a estas necesidades. De esta manera, el sueño de un bebé de esta edad tendrá solo dos fases de unos 50-60 minutos (difícilmente dormirá más rato seguido), no distinguirá entre el día y la noche y se repartirá durante todo el día. Y de esta forma, el bebé asegurará que tiene todas sus necesidades cubiertas también por la noche. Visto así tiene mucho sentido ¿verdad?

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Pues igual que pasa con la etapa de 0-3 meses, pasa con todas, cuando se van incorporando necesidades nuevas el sueño se va adaptando a éstas. Y lo mejor de todo es que llegará un día (normalmente sobre los 5-6 años, cuando el sueño se asemeja al de los adultos) en que todo niño sano, aunque actualmente tenga despertares o problemas para acostarse, acabará durmiendo bien.

El hecho de poder entender y tener en cuenta todo esto facilita muchísimo el poder tolerar la frustración cuando es la séptima vez que nuestro bebé se despierta para mamar.

Creo que ya vistas las necesidades de los recién nacidos está claro porqué resulta útil y beneficioso dormir con ellos. De hecho, en la mayor parte del mundo lo tienen claro. Si, en la mayor parte del mundo (exceptuando solo Europa, América del Norte y Canadá), los niños duermen con sus m/padres. Incluso aquí mismo, hace tiempo, también dormíamos juntos. Haced la prueba, preguntad, si tenéis oportunidad a vuestras bisabuelas.

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Pero bueno, vamos a la parte práctica. ¿No lo aplastaré? No. Las madres estamos “programadas” para proteger a nuestro bebé incluso durante la noche. De hecho, de manera natural nos ponemos en forma de C para resguardarlo. De todas maneras, para practicar colecho de forma segura, se han de seguir unas mínimas normas de seguridad:

  • El colchón debe ser lo suficientemente duro como para que el niño no quede atrapado. Vamos, cualquier colchón normal que no sea de agua o similares
  • No se debe practicar el colecho en el sofá.
  • Las sábanas no deben tener lazos o cintas que puedan rodear al bebé.
  • No deben usarse cojines ni mantas pesadas donde el bebé pueda quedar atrapado.
  • No hay que tapar mucho al bebé.
  • Los padres no deben ser fumadores habituales. Ni se puede fumar en la habitación.
  • Los padres no pueden estar bajo el efecto de ninguna droga, alcohol ni nada que pueda impedirles atender al niño.
  • Los padre no pueden padecer obesidad mórbida (aquella obesidad que impida a alguien moverse con soltura en la cama).

Y eso es todo. Fácil ¿verdad?. Tal y como dice Meredith Small “En una atmósfera saludable, en la que los padres no estén intoxicados ni drogados y no sean obesos, la posibilidad de matar a un niño por sofocación es igual a cero”.

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Os cuento un poco como nos organizamos nosotros porque a veces resulta lo más útil. La verdad es que durante el embarazo yo también tenía ese miedo de aplastar o sofocar a Blai, pero no quería renunciar al colecho, así que nos compramos una cunita sidecar o cuna de colecho. Es básicamente una cunita a la que se le puede retirar una de las barreras y acoplarla a la cama de los padres, de manera que queda como una extensión de ésta. Las dos primeras noches en el hospital, al no poder disponer de cunita de colecho, lo pusimos en mi cama, tapando los huecos con una almohada (que quedaba muy bien fijada y sin riesgos). Recuerdo perfectamente como la primera noche que pasamos en casa lo dormí al pecho, lo dejé en la cuna de colecho, me estiré a su lado y pensé “Qué lejos está”. Y él debió de pensar lo mismo porque al cabo de dos minutos estaba llorando. Así que rápidamente lo puse a mi lado en la cama. Y así seguimos hasta hoy. Usamos la cunita de colecho al principio para alguna siesta y de barrera durante la noche. A un lado de la cama estaba la cunita de colecho y al otro estaba siempre el papá. Al pasar los meses, decidimos quitar la cunita de colecho y poner una barrera. Y así es como seguimos durmiendo. De izquierda a derecha estaría la barrera, Blai-mamá (el orden puede variar depende del pecho que le esté dando) y papá. De esta manera Blai no se puede caer y todos dormimos tranquilos y seguros.

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Por si estáis indecisas, os dejo una lista de beneficios del colecho. Aunque para mí, la principal es la comodidad. Del bebé, si, pero sobretodo de la madre, ahora os explico.

  • Minimiza los riesgos de síndrome de muerte súbita del lactante.
  • Ayuda al bebé a “aprender” a pasar de una fase a otra del sueño porque se sincroniza con la respiración de la madre.
  • La respiración de la madre le sirve al bebé de recordatorio para que continúe respirando si tiene una apnea.
  • Favorece la lactancia materna.
  • La comodidad de la madre. Para mí creo que dando el pecho no hay mejor opción. Casi desde el principio le di el pecho estirada a Blai. Así, cuando el pedía, yo estirada le daba el pecho y los dos nos volvíamos a dormir. Cuando volvía a despertarse me cambiaba de lado y le daba el otro pecho, y así hasta la mañana. No me puedo imaginar haberlo tenido que hacer de otra manera y levantarme cada vez. Nunca he contado los despertares que ha tenido Blai durante la noche, y hay veces que son tan rápidos que creo que ni me entero.
  • La madre y el bebé apenas se despiertan cuando el bebé reclama alimento.
  • Favorece la regulación de la temperatura corporal por la noche.
  • Favorece el vínculo y el apego.
  • Despertarte y verlo. Ya sea aún dormido a tu lado o ya despierto, mirándote con su cara de dormilón y su sonrisa de recién levantado. Eso te da la vida. Y te recarga las pilas para todo el día. Garantizado.

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Y no se me ocurre mejor manera de acabar que con este texto precioso de Rita Hierro sobre la cama de los padres.

“La cama de los padres tiene un imán y acá para mí (nadie me convence de lo contrario) tiene una magia, somnífero, un polvo misterioso de amor impregnado en las almohadas, que hace que los niños se duerman inmediatamente y que la peor de las pesadillas, el más tembloroso terror nocturno, huya de prisa.
En la cama de los padres, el último refugio de los miedos, la paz es absoluta y total.

Ahí llegan, llevados por padres agotados y perdedores, o por su propio pie, todos sudados y asustados, pajaritos a volar de noche, a caminar por los pasillos de la casa, hasta que lleguen al lugar de los lugares. Uno con sábanas suaves y el olor de los progenitores. Caen como moscas a dormir tranquilos.

Los padres fingen que les importa y recriminan a la mañana siguiente: «¡fuiste para nuestra cama otra vez! Cuándo es que aprenderás a superar los miedos y a dormir solo? Tenés que crecer!». Pero ni miran a los ojos de los hijos cuando dicen estas cosas, con miedo de que descubran que en ese breve regreso al nido, a la cuna inicial, los padres se llenan de amor y ternura y también ellos se escudan en sus inquietudes.

Un cuello caliente. Una manita gordita en nuestro pelo. Un pie de regreso a la costilla de la madre. La respiración tranquila en la funda compartida. El deseo secreto de que el nido quede así para siempre y que la mañana tarde mucho en llegar.

¡Que el polvo misterioso de amor de las almohadas, preserva para siempre estas excursiones nocturnas de mimo que no son más que un inteligente presagio, de una nostalgia inmensa, de los mejores días de esta vida!”

 

 

 

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